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La verdad sobre el caso Harry Quebert

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¿No os ha pasado que, aunque tengáis un montón de libros pendientes, e incluso decidido por cual vais a empezar, de pronto encontráis un libro nuevo y todos los planes se trastocan? Sin pedir permiso, ni esperar su orden, se coloca el primero. Esta vez me ha pasado con La verdad sobre el caso de Harry Quebert.

Es uno de los éxitos del verano, recomendado en librerías e imprescindible en varias listas veraniegas. Lógico. Es un libro que engancha, que mantiene perfectamente la intriga hasta el final gracias a guardarse más de un as en la manga e ir dosificándolos con inteligencia a lo largo de la novela.

Marcus Goldman, joven novelista de éxito en plena crisis de creatividad, se embarca en la resolución del asesinato de la joven Nora Kellergan, cometido treinta años antes y en el que se ve involucrado su amigo y maestro Harry Quebert, escritor consagrado y profesor universitario. La trama se desarrolla en Aurora, un tranquilo pueblo costero de New Hampshire, en tres momentos temporales diferentes -1975, 1998 y 2008-  que permiten a Dicker afrontar otros tantos planos narrativos. En primer lugar averiguar qué ocurrió en aquel verano del 75, cuando Harry Quebert conoció a Nora Kellergan, cómo influyeron aquellos hechos en sus protagonistas y que consecuencias están teniendo treinta años más tarde. Pero no es sólo esto, ni mucho menos. Es también una reflexión sobre la amistad, sobre cómo comienza y sobre qué pasa si las cosas cambian o cambiamos las personas. Sobre las creencias sociales y comportamientos aceptados o proscritos y cómo cambia su percepción en función del tiempo o de las personas.

Y aún, hay un tercer elemento, que casi  es una novela dentro de la novela, sobre el acto de escribir como oficio y como arte. Es parte esencial del libro hasta el punto de que cada uno de los treinta capítulos comienza con un consejo o una instrucción del maestro al aprendiz de escritor. Son casi un manual para escritores, pero también para lectores.  No me resiste a incluir uno de ellos, porque es lo que siempre espero de cada libro que comienzo.

 “Un buen libro, Marcus, no se mide sólo por sus últimas palabras, sino por el efecto colectivo  de todas las palabras precedentes. Apenas medio segundo después de haber terminado el libro, tras haber leído la última palabra, el lector debe sentirse invadido por un fuerte sentimiento; durante un instante, sólo debe pensar en todo lo que acaba de leer, mirar la portada y sonreír con un gramo de tristeza porque va a echar de menos a todos los personajes. Un buen libro, Marcus, es un libro que uno se arrepiente de terminar”.

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