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Camille

Cierre de la serie Verhoeven con un libro que mantiene las señas de identidad del autor: brutalidad de crímenes descritos con dolorosa precisión y una trama compleja en la que, al final, nada es lo que parece. Magistral la utilización del ritmo narrativo y su capacidad para imprimir en el lenguaje el ritmo trepidante de una película. Un verdadera pena que Camille Verhoeven y su inseparable Sancho, en forma de parisino elegante y erudito, no vuelvan a cruzarse en nuestras vidas lectoras.

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Alex

Alex es la segunda novela protagonizada por el comandante Camille Verhoven, un investigador que rompe los cánones del género: “nunca grita. Muy raras veces. Es un hombre de autoridad. Es bajito, calvo y ligero pero, como todo el mundo sabe, también astuto e ingenioso”.

Han pasado tres años desde los hechos narrados en Irène que provocaron el hundimiento de Verhoven durante meses. Ha vuelto al trabajo y aunque parece el mismo, sólo algo más viejo, no lo es. “Ha perdido el hábito de trabajar en equipo, ha pasado demasiado tiempo solo, demasiado tiempo devanándose los sesos y pensando solo en sí mismo. Sería capaz de pegarse a sí mismo. No le gusta en lo que se ha convertido”. A pesar de todo ello, de sus recuerdos y de sí mismo vuelve a estar al frente de la investigación del rapto de una joven.

Este nuevo caso es una verdadera prueba para las dotes investigadoras de Camille y para la capacidad del Pierre Lamaitre de conseguir una obra tan redonda como la primera. Respecto del primero prefiero sugeriros que leáis el libro. Del segundo os adelanto que ha superado la prueba. Nuevamente mantiene perfectamente el ritmo narrativo gracias al manejo de la información, la maestría para describir los hechos, crueles y desasosegantes, metiéndonos en la historia y algunos giros argumentales, de los que me gustaría hablar pero me contendré para no destrozaros el desenlace.

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Resumen del verano

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Septiembre tiene algo de principio de año. Empieza el curso, con sus correspondientes nuevos propósitos, y los quioscos se llenan de coleccionables y fascículos impensables. Sin embargo, cada vez me resulta más difícil participar de esta puesta en marcha generalizada. Y es que a mí, el verano me arrasa. Me gusta, claro, su luz, los días largos, los viajes, el mar…todo eso que sólo se encuentra plenamente entre julio y agosto, pero el calor me anula y, en algunos momentos, me transforma. En esas ocasiones, lo mejor es ignorarme y esperar a que la próxima brisa me devuelva a mi estado normal, que no siendo perfecto es más aceptable. Por encima de 30° mi actividad cerebral empieza a dar problemas y a partir de 35° deja de funcionar. Así que aquí estoy, intentando recuperar un mínimo de actividad que me permita retomar estos comentarios y el contacto con quienes los leéis.
A pesar de esta enajenación mental transitoria he tenido un buen verano de lecturas, aunque las haya mantenido en secreto hasta ahora.


EdimburgoNada mejor para preparar un viaje que leer sobre tu destino, así que julio fue invadido por Ian Rankin y cuatro, si cuatro, de sus novelas. A través de las páginas de Nudos y cruces, El escondite, Uñas y dientes, y Jack al desnudo seguí al inspector John Rebus por la calles de Edimburgo: paseé por Princess Street, subí a la colina de Calton Hill, me tome una pinta en Oxford Bar y conocí una ciudad que “estaba llena de escaleras, de la misma manera que estaba llena de colinas, vientos helados y personas a las que les gustaba quejarse con voz lastimera de cosas como las colinas, las escaleras y el viento”. En los libros de Rankin, además de una guía turística, encontramos todos los elementos clásicos de la novela policiaca protagonizada por un inspector solitario, inteligente, con poco respeto por la autoridad, que se refugia, como muchos en el alcohol y, como pocos, en los libros que llenan su estudio.
Para contrarrestar el exceso de escaleras, alcohol y asesinatos empecé agosto en la tranquilidad rural de Mansfield Park. Refugio seguro entre casas inglesas, tardes de té y mujeres jóvenes que tienen dificultades para garantizarse un futuro estable si no encuentran el marido apropiado. Temas clásicos de Austen pero sin el sentido del humor irónico del Orgullo y Prejuicio.

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De nuevo las tranquilas aguas austenianas fueron contrarrestadas con el crimen y el misterio de La tristeza del Samurai, de Víctor del Árbol. Este libro ensaya el planteamiento de tres escenarios temporales, que encontramos de nuevo en Un millón de gotas, para hablarnos de una historia actual que en realidad empezó mucho tiempo atrás, porque “el pasado nunca se olvida, nunca se borra”. España está cambiando, la Transición nos está sacando de la oscuridad y llevándonos, por fin, al siglo XX. Pero no todo es nuevo, no todo comienza hay muchas cosas que vienen de lejos, intrigas y misterios que enganchan, aunque sin llegar al nivel de Un millón de gotas.


Un nuevo salto con Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche, “una novela sobre el amor, la raza…y el pelo afro”, según la promoción. En Nigeria a mediados de los 90 el futuro pasa por la emigración y conseguir el visado para Estados Unidos es la meta. Una vez allí las cosas no siempre son como se espera e Ifemelu tiene que enfrentar algunas que nunca pensó que existieran. Son las reflexiones en torno a esos temas lo más interesante de la obra, que adolece de cierta superficialidad. Echo en falta profundizar en determinados análisis y situaciones, que a pesar de su gravedad, parece que basta con narrarlos. Y me sorprende que en ninguna de sus reflexiones en torno a la raza, la emigración o el racismo se aluda, ni siquiera de forma tangencial, al género.


Vuelta al género negro y los crímenes con Irène, uno de los últimos éxitos del género. En este primer caso del comandante Camille Verhoeven, Lemaitre nos ofrece un homenaje a la novela negra a la vez que nos enfrenta a un brutal asesino, atrapándonos gracias a su maestría en el manejo del ritmo que culmina en un final trepidante.
Tentada estuve de continuar las lecturas a partir de esos clásicos de la novela que se mencionan en el libro, pero la realidad se impuso. El verano había estado plagado de muertes ficticias y, lo peor, estaba terminando con un número insoportable de muertes reales. Es difícil soportar la ficción de la muerte a la vez que el telediario se llena de la muerte real de mujeres “asesinadas”. Remarco “asesinadas” porque, en contra de lo que dicen los titulares, esas mujeres no son halladas muertas ni fallecen: son asesinadas. Estaban vivas y sanas, dentro de lo que cabe, hasta que llegó el asesino que las mató.

Mucho mejor continuar leyendo La vida de las paredes de Sara Morante un cuento como deben ser los cuentos: una buena historia y mejores ilustraciones. Un libro precioso. ¿O no?

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Este (largo) resumen del verano termina con La pequeña Jonna de la danesa Kirsten Thorup. Entré a la librería con las ansias habituales y la firme decisión de no llevarme una novela de iniciación y acabé, entre otras, con Jonna una niña de diez años que nos cuenta su infancia en la década de los 50 marcada por la crisis de la posguerra. ¡Vivan las firmes decisiones! En realidad, no era tan contrario a lo que quería como podría parecer porque, aunque la narradora sea Jonna, la verdadera protagonista es su madre. Betty, una de esas millones de mujeres fuertes que pueblan el planeta en cualquier tiempo y lugar. Fuertes porque sí, porque no les queda otra. La vida no les deja más que apretar los dientes y tirar pa’lante, aunque en el fondo se digan: “no puedo dejar de preguntarme quién soy en realidad… ¿En qué cambian el mundo el aspecto de las casas, dónde se plantan los árboles o el precio del grano? ¿Por qué me deslomo sin dejar una sola huella de mi paso por este mundo?”


Hoy, 3 de septiembre, en Madrid hay 25° y parece que, por fin, voy recuperando mi actividad cerebral. Esperemos que dure y me permita escribir con regularidad en vez de castigaros con estos post eternos.

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