En Grand Central Station me senté y lloré

Este febrero en el club de lectura decidimos sumarnos a las celebraciones de San Valentín y hacer del amor el protagonista de la lectura del mes. Eso sí, no queríamos un amor a lo Barbara Cartland, rosa y cursi. No, queríamos otra cosa…Y desde luego que lo encontramos. Si de algo carece En Grand Central Station me senté y lloré es de cursilería y “rosedad”. La obra es una autobiografía novelada en la que la autora narra su pasión y la conflictiva relación que mantuvo con un hombre casado, en realidad el poeta George Barker del que se había enamorado cuando leyó sus poemas.
Smart construye una obra profundamente lírica, mucho más cerca de la poesía que de la narración. Un lenguaje poético y lleno de imágenes que nos aleja de la propia narración y nos dificulta su lectura. Pero es que la obra no se puede abordar como la narración de una historia de amor, sino como la experiencia de una historia de amor. Es decir, no son los hechos lo que nos cuenta, cómo se enamoraron, cuándo se veían, qué hacían, qué se decían… sino qué sentía, que emociones la arrastraban cuando todo eso pasaba. Para Vila-Matas “fue siempre una obra maestra gracias a su capacidad de diálogo con la tradición poética y a su elegante inspiración surrealista”. Por eso sólo se puede acceder a ella dejándose llevar por el sonido del lenguaje y permitiendo que sus emociones nos invadan.
Por debajo de todo ello fluye la vida de una mujer que no cumple con el papel que la sociedad espera de las mujeres, que se enfrenta a su familia y a la crítica de la sociedad y que asume la maternidad en soledad (tuvieron cuatro hijos). Esto sólo son los hechos, lo que importa es lo que se siente.

CONCLUSIONES DE LA TERTULIA

Lo que más nos ha gustado

  •  Lirismo del lenguaje
    Capacidad para trasladar emociones

Lo que menos nos ha gustado

  • Dificultad de entrar en la historia y de comprender que está relatando

 

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1 comentario

Archivado bajo Reseñas

Una respuesta a “En Grand Central Station me senté y lloré

  1. Me gustan las historias de amor que no caen en lo cursi y lo dulzón. Este libro hace tiempo que me tienta, ya desde su título. Eso de sentarse en una estación a llorar es una imagen que resultaba atractiva. Y como lo que importa es lo que se siente, espero leer este libro más bien pronto que tarde.

    Un abrazo

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